miércoles, 2 de enero de 2019

La magia del lago

Estoy en el lago, frente al sol. Me deslumbra un poco, pero en otoño no siempre se siente el calor tan cerca, así que hoy me siento bendecida. Las olas incesantemente van hacia la orilla. Emiten un sonido muy relajante. El agua fluye sin descanso pero no existe esfuerzo alguno en ello, simplemente, es el mero devenir de la existencia.

La magia impregna el lugar. Lo percibo en el ambiente apacible del lago. 

Hay una mata de romero florecido frente a mí. Cuentan que sus flores poseen propiedades mágicas...

Siento un vacío infinito aquí, pero me resulta insondable. Ni tan sólo el silencio logra penetrar en él. 

Magia, belleza, encanto. Eso es lo que me transmite el lago y su bosque. Todo es sereno. Todo reposa en el instante. 

Mi perrita corre hacia mí. Cuando llega, le doy un sonoro beso en su nariz mojada. Se acaba de bañar en el lago.

El viento sopla ligeramente y confiere a este lugar cierto halo de misterio agravado por el hecho de que conforme la tarde avanza, la luz del sol va perdiendo intensidad.  

Veo cristales y minerales rojos y blancos por doquier. Los gnomos quizás custodien las vetas rocosas. Además, hay pinos, piñas y setas por todas partes. Éste les debe resultar un bosque idílico a los gnomos y a los duendes. 



La belleza y el silencio siguen presentes en este paraje natural. De hecho,el sonido de mi estilográfica al escribir desentona con la quietud del lugar. Una atmósfera de presencia abraza el lago. Los rayos del sol se dejan caer sobre la superficie del agua y bailotean en la superficie ondulada. En ese preciso momento, siento la vida, la luz tibia y lo agradezco infinitamente. Esto es la puerta al paraíso. Seguro que las hadas y los duendes danzan aquí cada noche con la luz de las estrellas. ¡Qué afortunados son!

Cierro los ojos y me fundo con la intimidad y el recogimiento de este lugar de cuento de hadas. 

Licencia de Creative CommonsAutora texto e imágenes: M. J. Verdú
Técnica ilustración: Pastel y lápices de colores


domingo, 16 de diciembre de 2018

La tranquilidad del lago

Estoy en el lago. Fascinada ante tanta belleza, no me salen las palabras: la naturaleza está desprovista de ellas. Más bien las expresa, incluso llega más allá de ellas. Aquí se respira algo que todo lo trasciende...


El musgo decora el suelo humedecido del bosque. Esta mañana el sol se asoma a intérvalos pero el lago sigue desprendiendo siempre una luz y una quietud propias. En la superficie se reflejan los árboles con hojas de colores variopintos propios del otoño: rojo, amarillo, ocre, verde... Este espectáculo de colorido y belleza capta mi atención. Por eso el otoño es mi estación favorita. Me encanta estar en el bosque en esta época del año. Además, está lleno de setas. ¿Habrá algún gnomo que se esconda tras ellas? Aquí disfruto de calma e intimidad. Este aspecto le confiere un encanto especial a la atmósfera del lugar ya que me permite estar en soledad y tener un contacto directo con el ser, el amor entendido como fuerza que lo hace crecer todo, incluido este hermoso paisaje natural. Conmigo ha venido mi perrita, que está husmeando y corriendo de aquí para allá. Se detiene y regresa junto a mí. La noto tranquila. Resulta evidente que aquí es feliz.


He encontrado un panal de abejas, no en estado salvaje sino una colmena que habrá colocado algún apicultor. Cada una de estas "casas para las abejas" resulta una bendición por la labor tan íntimamente conectada con la vida en el planeta que llevan a cabo estos laboriosos insectos gracias a la polinización.  Las abejas, que fabrican la miel, con una precisión asombrosa, construyen celdas hexagonales que encajan a la perfección unas con otras. Su instinto las impulsa a ser maestras de la geometría.


Escucho el graznido de los patos, que nadan en la orilla del lago. Mi perrita corre hacia ellos... pero los asusta y se van volando.
 

El vuelo invisible de las hadas y la inocencia de los gnomos surgen del sosiego del bosque. Todo es tan sereno y mágico aquí... Un hada danzarina baila al compás del silencio y emana destellos de caramelo y felicidad... Lo percibo como algo dulce y agradable.

Noto un vacío que reside en todo... un remanso de paz que descansa en el momento. Me disuelvo en él. Una pausa se abre. Todo es. El ahora hace acto de presencia y tomo consciencia de ello. Lástima que no pueda investigar en esta dimensión o vacio: me resulta inescrutable. En cuanto lo intento, entra mi mente y gradualmente voy perdiendo contacto con este "todo elevado, que nada excluye pero que nada le afecta" y voy percibiendo en mi mente una especie de descenso a la realidad conceptual.

Mi perrita ladra. Se ha enfadado porque los patos se han escapado hacia el cielo. El eco de sus ladridos resuena en las montañas. ¿De dónde emana ese eco? Siento que de algo muy profundo, que la mente no puede examinar, pero que también está dentro de mí. Me quedo con eso. Estalla la energía del instante.


Una rana se zambulle en el agua... Todo fluye, todo es. La quietud del lago me invita a adentrarme en el silencio.

Licencia de Creative CommonsAutora texto e imágenes: M. J. Verdú
Técnica ilustraciones: Pastel y lápices acuarelables. 

viernes, 7 de diciembre de 2018

En meditación con los gnomos

Medito en el bosque. Silencio.  Estoy en medio de la nada. Vacío. Siento paz.

El clima es fresco pero voy bien abrigada. Al fondo veo bancos de niebla pero los rayos del sol les sonríen por encima, como si jugaran con ella. El contraste de la luz sobre la niebla tiñe el bosque de espiritualidad. Aquí dispongo de intimidad y de calma para adentrarme en mí misma, en una dimensión interior que no conozco pues está libre de conceptos.

El suelo está cubierto de musgo y repleto de setas. Seguro que los gnomos andan cerca, escondidos en la vegetación. 


Aquí percibo claramente que todo es espacio, el espacio que normalmente nos quita el mundo y con el cual conecto en meditación. Pero es un espacio vacío, sin nada.

En la tranquilidad de la naturaleza me resulta más fácil no perderme en mis pensamientos y concentrarme en el vacío, en el ahora sin tiempo, en el espacio sin nada, informe y sobre este vacío se alza la forma.

Ahora entiendo que sólo soy un personaje más en el teatro de la vida y que, por tanto, no debo creerme sus mentiras.

El perfume del cedro me embriaga. A pesar del frío, el sol calienta ligeramente. Me reconforta y siento el momento como es, sin cambiarlo. Conforme avanza la mañana de este día de otoño, la luz va iluminando el bosque gradualmente. Es como si se fuera creando una apertura. Me abro al instante. Escucho el canto de los pájaros. El presente cobra vida. ¿Por qué me la habré perdido durante tanto tiempo, pendiente del pasado y del futuro?, ¿qué clase de vida tenemos? Sin embargo, cuando me centro en lo que es ahora y no me dejo influir por la mente, pierdo la noción del tiempo. Entonces, la vida surge de mí en lugar de resultar yo afectada por ella. Todo, simplemente, fluye y no voy a juzgarlo. He perdido ya demasiado tiempo evaluando, criticando, calculando... Elijo centrarme en el momento. Algo oculto, invisible, me transmite tranquilidad y, a la vez, permanezco atenta pero no como si estuviera pendiente del mundo, sinó receptiva a lo que sucede, sin crearme falsas necesidades ni creerme los engaños de mi mente. Sólo puedo estar verdaderamente receptiva con la mente vacía.   

La naturaleza irradia paz, una atmósfera de frescura, pureza y sosiego de la que, sin duda, forman parte hadas, duendes, gnomos y elfos. Su vuelo invisible me acompaña desde niña. A su lado, la vida destila magia y encanto. ¡Lástima que sean tan huidizos y que se esfumen tan rápido en el aire! Esta mañana he visto a algunos seres dévicos. Parecían pájaros de luz dorada, disolviéndose en la niebla. Gracias por este regalo.

Regreso a mi tiempo de meditación. En este apacible estado de alerta interna, me doy cuenta de cuando los pensamientos aparecen y se fijan en mi mente. Al ser consciente de eso, dejo de prestarles atención, por lo que van perdiendo fuerza y acaban por cruzar mi espacio mental hasta que se disuelven. Siento mi espacio interior: vital, vibrante, genuino.

Licencia de Creative CommonsAutora texto e imágenes: M. J. Verdú
Técnica ilustraciones: Pastel y lápices acuarelables. 

jueves, 29 de noviembre de 2018

Los gnomos en la naturaleza

La energía de los gnomos en el bosque es más difícil de percibir que la de las hadas, elfos o duendes porque está tan cerca de lo que yo realmente soy que no encuentro palabras. Reposa en lo íntimo, en la soledad por la cual llego al Todo que no depende de nada, en el silencio que trasciende el mundo, en un paz que todo lo acalla.

Todo sucede instantáneamente, cuando esa energía preside tu vida, todo va ocupando su lugar, encajando por arte de magia. Lo inesperado agita la varita mágica. Estos seres elementales de la naturaleza anuncian, de este modo, su paso por la Tierra. 


Mi perrita está conmigo en el bosque. La veo más feliz que nunca, coriendo de aca para allá, del lago al bosque y del bosque al lago. Pero ahora se sienta a mi lado, como  si estuviera ensimismada, bañándose en este chorro de paz, inundada por la serenidad de este valle pero sin perder la actitud de alerta a juzgar por sus orejas levantadas. 

Me cuesta seguir escribiendo en este estado de quietud porque todo invita al no hacer. 

-El tesoro de la humanidad es comulgar con esta paz- me susurran los gnomos-. En ella, realmente somos. La autenticidad reside ahí. Sólo tenemos que excavar en el interior-.


Los gnomos custodian los tesoros de la tierra. Excaban, atesoran y vigilan. Si adoptamos el rol de vigilancia de nuestras mentes, de atestiguar cada ahora de nuestras vidas, volaremos libres como los seres de luz. Nos convertiremos en el eterno testigo del instante: mágico, libre de la noción del tiempo. 

Sin palabras, sin opiniones, tan sólo el momento tal cual es, sin añadir ni quitar nada. Entonces captaremos lo invisible de donde surge cada instante. Está dentro de algo que no se ve pero que siempre me acompaña. Aqui lo siento profundo. Emana de la naturaleza, nuestra maestra. La tierra desprende esa paz... y debajo están los gnomos, custodios no sólo de riquezas materiales sino también guardianes del mayor tesoro: la paz más allá de las palabras, un tesoro disponible para todos. Aprendo a mirar a esa paz. Me dejo caer. Mi identidad, mis problemas ya no son importantes. Hay algo más elevado... 

Cierro los ojos. Me embarga la dicha. Aunque me resulta paradójico cerrar los ojos ante tanta belleza natural. La Madre Naturaleza es sabia, su cuerpo resulta imponente, directo, hermoso. En él lo sublime cobra vida, muestra de la perfección más absoluta y emana tanta calma... Encuentro "eso" yendo al interior, respirando profundo. Me fundo con la paz que me inspira el cuerpo y las formas de la naturaleza: el lago, el bosque, los árboles, las montañas, el cielo, el canto de los pájaros, el vuelo de las mariposas... ¡las setas tras las que se esconden los gnomos! Algo sutil se desprende de "eso" y me transmite una libertad sin límites. En ese "algo" el agua del lago se funde con la tierra y la vegetación del bosque. Todo queda desdibujado, integrante de un todo o un conjunto de donde todo nace y, al nacer, se fragmenta en miles de formas y empieza el sueño de la vida... Sintiendo ese todo, morando en él, adopto una perspectiva de objetividad, de saber mantener las distancias para no dejarme influir por las formas, impermanentes por naturaleza.

 

La energía de este lugar, que corresponde a la de los gnomos, además de conectarme con lo instantáneo, también me conecta con lo fácil, lo espontáneo, lo inocente, lo fresco, lo natural. La quietud de este paisaje irradia todo esto... Dejo de escribir y hago callar a mi mente parlanchina...

Autora texto e imágenes: M. J. Verdú
Técnica imágenes: Acuarela o pastel

Licencia de Creative Commons    


martes, 13 de noviembre de 2018

El camino de luz sobre el lago en este preciso instante

Las perlas del sol relucen en el agua,
acunadas por el relajante sonido
de las olas del lago
las cuales confieren a la atmósfera
un aire soñoliento y calmo.



El canto de los pájaros rasga el silencio.
Todo es claro e inmediato.
Nada se me escapa.
Estoy presente, atenta.

El tiempo se ha ido de este paisaje natural
donde la presencia se yergue
como las briznas de hierba,
que se tuercen
por capricho de la brisa.

Las palabras, los pensamientos
han interrumpido su charla habitual
en mi mente.

Se abre una pausa.

El instante cobra vida,
la luz del ahora luce en cada forma.


Miro las formas
y percibo un halo de no forma.
Se trata de algo de lo que ellas surgen
y que subyace en todo cuanto veo.
Podría decirse que es ligero, callado, fresco.



Los rayos solares siguen formando
un camino estrellado, luminoso
sobre la superficie del lago.
Este camino me conecta conmigo misma,
no con un yo y sus conceptos,
sino con algo desnudo de todo,
con algo que no necesita nada más. 

La ligereza del instante me acaricia...

El viento me conecta con la dicha del ahora.
Soy consciente 
de ser, 
de este preciso momento.

Atestiguo el instante
desde una perspectiva imparcial
donde no me dejo enmarañar
por lo que contemplo. 

La paradoja es que desde esta presencia
sublime, indescriptible,
desposeída de la ilusión del tiempo,
ni tan sólo el ahora, entendido como tiempo, parece real,
entonces, ¿A dónde se ha ido el tiempo?



Sigo permaneciendo como el testigo impávido, impasible,
que no se deja influir por lo que acontece o presencia
pues nada cambia mi verdadera naturaleza atemporal.

Nada de lo que ocurre en el escenario de las formas
puede dañarme.
Tan sólo atestiguo lo que viene y lo que se va.
Me instalo ahí. 
Resido en mi casa, en lo que yo verdaderamente soy.

Gracias el movimiento de las olas,
la luz chispea
con mayor intensidad y velocidad sobre el agua dulce.
Todo se mueve tan rápido en el sueño de la vida...

Un hilo de luz bordea la orilla
de este vasto lago.
Esta luz llega hasta la tierra mojada.
¿Qué nos separa de la luz que realmente somos? 


Desde el no tiempo soy testigo del tiempo.
El agua sigue chispeante de luz.
Todo cambia, todo pasa de largo...

En el dejar de ser lo que tú crees, nace el ser Todo. 

Autora texto e ilustraciones: M. J. Verdú
Técnica ilustraciones: Pastel, lápices de colores y acuarela.
Licencia de Creative Commons

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Sigo estando presente...

En este día soleado de otoño me siento en paz en plena naturaleza. El sol me calienta la espalda y me energiza el cuerpo. Siento como si algo en mi existencia cobrara vida y hubiera madurado: el fruto aparece y me ofrece su sabor. 

Una abeja se posa en mi cuaderno y seguidamente me roza la mano. Sigue su camino. Eso es un buen presagio. Las abejas son laboriosas y gracias a los bocados de su miel, mis momentos saben más dulces. Las colmenas forman hexágonos perfectos, que encajan entre sí a la perfección (cada hexágono contiene una semilla de la vida), muestra de la sabiduría de estos insectos que por instinto fabrican su propio sustento. Hay animales que son grandes maestros en cuerpos pequeños. A través de ellos, la naturaleza nos enseña.


El sonido del río me trae al fluir del ahora. El agua nutre la tierra, nos alimenta y nos hidrata. Constituye un bien muy preciado: un regalo de la naturaleza.

Aquí noto algo subterráneo, quieto, callado, que es "mí misma" pero esta expresion no se le puede aplicar ya que "eso" no necesita pertenecer a nadie ni ser nada en concreto pues está desligado de todo pero a la vez todo surge de "eso", está en todo. Su rol es el de un mero observador del teatro de la vida. Se trata de un testigo desprovisto de un "yo" al que rendir cuentas. A este observador se le podría aplicar el verbo "ser" pero sin nada más que añadir. Así pues se trata de un "ser" desnudo, desprovisto de todo, inafectado, pero a la vez todo proviene de él o "de eso", quizás más que un testigo puede considerarse un estado, un espacio sin espacio, una paradoja difícil de explicar pues las palabras no le resultan aplicables: resbalan y se caen.   

La madera de los árboles caducos y los muros de piedra son materiales de este entorno pirenaico de ensueño en el que me hallo ahora. Seguro que en sus bosques habitan elfos, gnomos, duendes y hadas que bailan con las estrellas y celebran la vida con los rayos del alba. Además, ellos conocen el lenguaje de los animales y perciben el alma de los árboles y de otros elementos naturales como los ríos. Estos seres, que no podemos ver a simple vista, también constituyen un obsequio de la naturaleza, invisible y mágico. Siento que su discreta presencia me eleva. Noto sus risas, su plenitud y su frescura, su amor por el planeta.  Aquí todo me resulta ligero, íntimo, natural. Estas criaturas mágicas velan y custodian este valle y sus hermosas montañas.

Aquí es fácil hacer un alto en el camino, desconectar del ritmo diario. Este lugar irradia una energía serena cuyo mensaje es el de que no necesito nada más en este momento, tan sólo morar en ella. La naturaleza la transmite por doquier. Se trata de una calma que me llega al corazón: un mensaje sin palabras. Para entenderlo, hay que vivirlo pero sin la interferencia del ruido mental.

Los pensamientos aquí carecen de protagonismo: cruzo el puente hacia el ahora mismo. 


No me quiero marchar de aquí. Sin embargo, me doy cuenta de que aquí no hay ir ni venir.

Me adentro en un camino apacible de luces y sombras pero así es la vida... Sigo caminando. Una piedra en forma de silla me invita a detenerme. Tomo asiento y presido el instante sin evaluarlo. En este estado no me alcanzan las palabras, sólo la paz, la atención al momento, la conciencia del presente. La naturaleza es. Mi mente no divaga. Estoy anclada en las raíces del bosque, en apertura hacia todo, como las ramas de los árboles.  Algo por dentro me emociona, me remueve. Grandioso. Esta en mí y me dejo caer en su regazo... 

Si existiera la palabra "ahoracidad" constituiría la flecha de este camino, reverberante de luz, de energía, de vida, de viveza. Un lugar donde lo manifiesto cobra conciencia de su origen natural, de donde brota. 

Gracias, Madre naturaleza, por tus lecciones. Accedo a ellas con tan sólo contemplarte desde mi asiento de piedra... Te reverencio y te estoy agradecida.

Autora texto e imágenes: M. J. Verdú
Técnica ilustraciones: Pastel y lápices de color acuarelables
Licencia de Creative Commons

Os dejo con esta frase sobre las abejas:

"Mirando trabajar a las abejas, entendí cuán puras eran y cuán altamente evolucionadas estaban y, también, qué ejemplo magnífico entregan de una forma superior de sociedad."
  
Omraam Mikhaël Aïvanhov
Obras Completas, Vol. 1: El Segundo Nacimiento    

lunes, 5 de noviembre de 2018

La ventana al ahora en la naturaleza

A pesar del cansancio, he vuelto, he regresado a mi rincón mágico, en plena naturaleza, arropada por la brisa y el sonido relajante del agua del río: fluye incesantemente y eso es precisamente la vida: fluir y fluir, un constante ir y venir. 

El zumbido de los insectos y el canto de los pájaros me recuerdan el aquí y el ahora, desde donde abro la ventana del ahora mismo. Me asomo y observo con atención.

Soy testigo en la quietud de este paisaje verde, tranquilo, lejos de todo pero que me lleva hacia dentro, hacia mí misma, a algo desprovisto de palabras, indefinible. Se trata de un estado apacible que lo incluye todo pero sin perderse en nada.

Algunas gotas frescas de lluvia caen sobre mi mano y me hacen estar alerta a este momento. El enorme árbol bajo el que estoy escribiendo me resguarda. Se ha convertido en mi paraguas particular. Gracias a él sigo cómodamente aquí sentada, contemplando este valle y sus casas de piedra. 

Las raíces del árbol sobresalen. Hay musgo en esas raíces. Verlas me enraiza y me pongo en su lugar. Me pregunto: ¿qué habrá debajo?, ¿qué se esconde en el interior, en lo que no se ve?

Siento que en mi interior está la paz y que la tierra rebosa de ella. Por eso el contacto con la naturaleza nos conecta a ese estado natural, el mismo que emerge cuando no hay nada mental que lo obstruya.

Doy las gracias por estar aquí. Algo me conduce a este lugar una y otra vez. Lo agradezco de nuevo. 

Aquí reverencio a la Madre Tierra, a su belleza y abundancia. Ella es nuestro regalo: eleva nuestro estado de conciencia, nos despierta y nos hace estar presentes. Me siento centrada, el ahora está en primer plano y las preocupaciones se han reducido a un mero actor secundario al que nadie presta atención. Eso es felicidad, paz.     


¿Qué fuerza es la que lo hace crecer todo? La naturaleza, además, suele regenerarse. Su poder resulta un misterio. ¿De dónde sale esa sabiduría? Intuyo que los elfos, las hadas, los duendes y los gnomos y tantos otros guardianes del bosque conocen ese secreto el cual surge del silencio, del vacío. No todo puede explicarse con palabras. 


Sin embargo, debo regresar a mi  mundo, retomar el día a día y cierro mi ventana por hoy. 

Autora texto e ilustraciones: M. J. Verdú
Técnica ilustraciones: Pastel
Licencia de Creative Commons