Érase una vez un hada-humana que estaba aprendiendo a escucharse a sí misma
y a perdonarse porque su existencia no había tomado el rumbo que ella hubiera
deseado. No encontraba su brújula. De hecho, en este momento, se sentía tan
vacía y desorientada que había perdido el timón de su magia. Y en este vasto
océano de perdición y de lamento interior, ¿dónde estaba su luz?, ¿acaso seguía
brillando? Seguro que su luz se había escapado con las olas… Ella la buscaba
también en cada estrella del cielo que abrazaba el mar cada noche, sin éxito.
No percibía su luz, lo único que afloraban eran sus lágrimas y sus pensamientos
de desilusión y de tristeza. El ruido de fondo de estos pensamientos a veces le
resultaba fastidioso pues quería escucharse a sí misma y no podía.
En una ocasión se hallaba en su cocina de sueños, una cocina donde ella
procuraba crear aquello en lo que realmente creía pero como se había olvidado
de sí misma, las recetas no le salían: o se le quemaban en el horno o los
sabores sabían sosos pues en ellos no residía el condimento de la fe y del amor
por sí misma.

Mientras ella le estaba hincando el diente a tan dulce manjar, ocurrió algo
que conmovió su corazón. En la ventana cerrada que daba al jardín, había en el
cristal una hermosa mariposa, de grandes alas cuyo colorido blanco en sus alas
le recordaron la luz blanca de la paz. En la parte superior de sus alas había
un punto negro, que contrastaba con el fondo blanco de las alas. Ese punto
negro tenía un gran significado para la joven pues en sus meditaciones siempre
visualizaba uno así. Este punto negro le recordaba que en la pida a pesar de
sentirnos apesadumbrados, siempre hay algo más, que, aunque desconocemos, por
eso vemos simplemente el punto negro, en el momento adecuado, se transformará.
La mariposa no podía atravesar el cristal y se movía inquieta arriba y
abajo. Así, que la chiquilla, con cuidado, abrió el cristal para que tan
hermosa mariposa pudiera volar en libertad, no sin antes haberle agradecido su
presencia y haber apreciado su sencilla belleza, tan natural que había
conseguido llegarle al corazón.
La mariposa marchó, pero antes de desaparecer estuvo visitando el jazmín
del jardín, de ese jardín que tan maravilladas tenía a las mariposas que lo
visitaban. Era el jardín de la joven, quien siempre adoró y sintió un gran
respeto y afinidad por las flores y las plantas. Salió al jardín a respirar,
desde ese jardín ella se sentía libre y ese punto negro que a veces
visualizaba, dejó de preocuparle. La situación que le inquietaba se resolvería,
confiando en la sabiduría de los procesos de la vida. Ella era una experta en
contemplar los procesos de crecimiento de la madre naturaleza. De hecho, ella
lo hacía cada día en su jardín y le sorprendía la belleza y la armonía que era
capaz de generar la madre naturaleza. Esa madre con olor a hierba fresca que
tan amorosamente velaba por la vegetación del planeta.
Si la joven era capaz de cuidar su jardín, entonces el amor residía en su
interior y si era capaz de proporcionárselo a sus plantas, también debía ser
capaz de reconocerlo en su interior. Las flores y las mariposas ya lo estaban
haciendo, las flores, creciendo y luciendo sus inspiradores colores, reavivados
por la luz del sol, y las mariposas, volando cerca de la niña y del néctar de
las flores.
La joven salió a dar un paseo por el campo, necesitaba ampliar su visión
sobre las cosas y llenarse de la
expansión que le producía contemplar la cordillera de montañas que rodeaba el
lugar donde nació. Esas montañas que amaba desde pequeña, tanto que le parecía
que sus latidos eran los de las montañas. Ella caminaba lentamente para no
perderse ningún detalle, sentía en cada paso el corazón de las montañas en
unidad con el suyo. Deseaba que ese instante no acabara nunca y cerró los ojos
para sentirlo intensamente, como un sueño. El aire besaba su rostro. Sentir la
brisa en su piel le resultaba tan placentero que hubiera deseado que esa brisa
le llegara al alma y refrescara sus emociones y envolviera cada uno de sus
sentimientos en una tela mágica de amor incondicional con destellos al
infinito.

La niña-hada siguió su camino, lamentando tener que dejar tan bella escena
atrás. Se hubiera pasado la vida contemplando a los pájaros, tan cerca de ella,
pero un amigo suyo pasó con su carro y la invitó a subir en él. Ella aceptó
complacida. Le encantaba viajar en el carro de madera junto a ese amigo de
infancia, que sabía escucharla. En ese momento, la brisa más bien se convertía
en aire que rozaba su piel con más intensidad al sentirla a contracorriente
debido a la velocidad del carro. La niña comparaba la suave brisa que había
sentido antes cuando caminaba, con el aire que justo entonces levantaba sus
cabellos. Saboreaba el contraste de sensaciones.
En secreto, la niña pidió una sorpresa más a la naturaleza y ésta la
escuchó. En el cielo, justo al lado de la niña, apareció un ave que
en pleno vuelo hacía lo posible por mantenerse en el aire pero sin avanzar,
como si el pájaro quisiera parar el tiempo y el movimiento. El conductor del
carro era ajeno a cuanto sucedía pues él miraba hacía delante para dirigir a
los caballos. La escena le resultó graciosa a la niña y digna de gran habilidad
y destreza. Sólo duró unos segundos. Pero si ese pájaro era capaz de controlar
el movimiento con sus alas para parecer
quieto en el aire, también la niña podía aprender a dejar que sus malos pensamientos
la hicieran volar allá donde a ellos se le antojara. Podía hacerlo
aquietándolos, dejándolos volar y marcharse o impregnándolos de paz y perdón
para centrar el movimiento de sus pensamientos en el momento presente sin
despistarse y desde esa posición sentirse en sosiego para desprenderse de las
preocupaciones. Desde una perspectiva de paz interior, todo se ve de otro modo.
Gracias a las mariposas y a los pájaros la niña había aprendido a mirar la vida
de otra manera y así se lo contó a su amigo, que, como siempre, la escuchaba
con la luz del corazón. Esa misma luz que ahora brillaba en la mirada de la
niña.
Extraido de mi libro Cuentos de hadas para niños y adultos de Bubok Editorial