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sábado, 9 de febrero de 2013

La lombriz de buen corazón y la semilla tozuda


Érase una vez una lombriz que en sus rutas subterráneas siempre se cruzaba con una semilla. La lombriz se extrañaba ya que no comprendía cómo tardaba tanto en desarrollarse, pues cada vez que pasaba por ahí, allí estaba ella, inmóvil y sin ningún signo de crecimiento externo. Pero un día, le picó tanto la curiosidad que no dudó en preguntarle:


-Semillita, ¿por qué nunca creces y te transformas en planta?


-Tengo miedo de cambiar –le respondió ella-. No sé lo que habrá en el exterior. ¿Y si alguien me pisa?, ¿y si no llueve lo suficiente?, ¿y si algún animal herbívoro me devora?. Aquí dentro estoy calentita y a salvo. Me siento muy a gusto en mi refugio. Estoy viviendo un sueño... dormidita y tranquilita.


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-No es un sueño lo que estás viviendo –le respondió la lombriz-. Es como si hubieras elegido inconscientemente vivir muerta en vida. Los sueños verdaderos están llenos de vida, de entusiasmo y de experiencias y, en ellas, siempre hay un componente de lucha, de motivación y de enriquecimiento personal, cuando hemos aprendido de los errores y seguimos adelante hacia la opción que consideramos correcta. ¿Qué crees que te aportará vivir de espaldas al mundo?. Por el hecho de sentirte protegida a toda costa, te pierdes lo mejor: las vivencias y la sabiduría que adquirirías, si escogieras ser dueña de tus actos, tomar tus decisiones y dejarte llevar por ellas con responsabilidad y con todas las consecuencias.¡No te escondas más! ¡Sal y disfruta del sol, de las estrellas, de la brisa y de la lluvia!.¡Equivócate!, si es eso lo que temes. Aprende a enfrentarte a tus miedos y comprobarás que no es tan duro como crees.     
     

-¡Qúe rollo filosófico!- exclamó la semillita- Me estás invitando a crecer interiormente y exteriormente.


-Por supuesto- le dijo la lombriz.


-No sé, vivir escondida del mundo tiene sus ventajas. Por ejemplo, desconozco problemas.


-¡No seas así! –protestó la lombriz-. Los problemas son obstáculos que, una vez superados, nos permiten madurar y nos hacen más fuertes. Dejarnos invadir por las dudas es otorgarle poder al miedo que nos domina. 


-Pero aquí debajo estoy segura y sé que nunca me sucederá nada malo.


-Ni bueno... –le dijo la lombriz-. Esa es la emoción de la vida. ¡Ábrete a ella!.¿A qué estás esperando?. No desperdicies ni un segundo más y sal al exterior. ¡Explota tus posibilidades!


-¡Márchate y no me compliques la existencia! –le increpó la semilla-. Mi vida es fácil y agradable.


-Agradable hasta que te pudras... –le dijo la lombriz-¿Crees que siempre podrás controlar que todo siga igual en tu mundo?


-¡Púdrete tú, lombriz loca y márchate de aquí!


-Tú lo has querido, abandonaré tu santuario, si éste es tu deseo, y seguiré mi camino.


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Y la lombriz se marchó. Cuando llegó al final del túnel que había excavado, vio la luz del sol. Le molestó, pero a pesar de ello, ella sabía que el sol era necesario para el planeta y agradeció ese momento cegador. Sin embargo, el peligro acechaba. Un pajarillo invadió su terreno y pretendía comérsela. La lombriz luchó valientemente por su vida y, cuando el pájaro iba a darle un picotazo, le rogó:


-Por favor, no me devores aún, todavía me queda algo importante que hacer. Concédeme una última gracia, si lo haces, después podrás comerme.


-¡No estoy para tonterías! –amenazó el pájaro-. Tengo mucha hambre. Llevo tres días sin comer.
 

-Te prometo que cumpliré mi palabra –le dijo la lombriz.


-No sé si fiarme pero está bien. ¿Qué es lo que debes hacer?


-Convencer a una semilla tozuda que se ha empeñado en no crecer. Te juro que cuando lo haya hecho, regresaré aquí.

-Has tenido suerte, al menos a mí me has convencido ya –le dijo el ave-. Te aguardaré aquí.

-Trato hecho –le dijo nuestra amiga lombriz.


Así que el valiente insecto se introdujo de nuevo en su medio natural: el subsuelo para ir en busca de nuestra semilla obstinada.


-Hola. Aquí estoy de nuevo –le dijo la lombriz a la semilla.


-¡Qué pesadita eres! –le respondió insolentemente-, aunque, en el fondo, te echaba de menos. Eres el único animal que se ha parado a hablar conmigo dos veces para prestarme toda su atención.


-La verdad es que procuro estar atenta y concentrarme plenamente en mis objetivos –manifestó la lombriz-. He venido a convencerte de que salgas afuera y te rindas al cambio.     

-¿De verdad has vuelto para convencerme? –preguntó ilusionada la semillita.


-Sí, aun a costa de mi propia vida. En el exterior me está esperando un pájaro para comerme, cuando te haya convencido.


-¿Y serás tan tonta de volver a salir?


-Le he dado mi palabra. En esta vida, hay que comprometerse con uno mismo y con los demás y ser sincero- le respondió la sabia lombriz. 


-Por tanto, cuando me hayas convencido, morirás.


-Seguramente sí –afirmó la lombriz. 


-Tienes un gran coraje.

-Gracias –le dijo la lombriz-. Yo no tengo miedo, sólo vivo el presente y en este preciso momento mi misión es animarte a que sigas tu proceso evolutivo y decidas crecer para experimentarlo.


-Tu valentía provoca que haya desaparecido el miedo que me carcomía porque te has convertido en un claro ejemplo para mí –le dijo la semilla.


-Eso me satisface –le dijo la lombriz-. Así pues, supongo que éstas son mis últimas palabras.

-¿Tan convencida estás de que hay que disfrutar de cada segundo que, aun sabiendo que ahí fuera van a comerte, sigues adelante con tu proceso de cambio en lugar de huir y esconderte aquí dentro? –le preguntó la semilla, que ya había empezado a echar raíces y en unos días se convertiría en una hermosa flor.



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-¿Y convertirme en una cobarde?¿ Y negar mis ideales de valor y compromiso?. ¡Hasta siempre!.¡He cumplido mi sueño de verte empezar a crecer!
  

Y partió hacia el exterior, donde la esperaba el pajarillo.


-No has tardado tanto como me imaginaba –le dijo el pájaro.


-Aquí me tienes, tal y como quedamos –le respondió la lombriz.


-Has tenido suerte- le dijo el ave.


-¿De qué?, ¿de esperar a que me mates? –preguntó el insecto.


-No, mientras estabas fuera me he comido dos moscas. Así que ya no tengo hambre y puedes seguir viviendo...


-Eso demuestra que nunca se sabe... –pensó la lombriz y se marchó más feliz que nunca con su nueva amiga a brindarle esta valiosa lección.



   

Autora texto e ilustraciones: María Jesús Verdú Sacases
Texto e ilustraciones inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual
Técnica ilustraciones: Acuarela 
Texto extraído de mi libro Cuentos de hadas para niños y adultos de Bubok Editorial 
http://www.mjesusverdu.com/castella/cuentos.htm

sábado, 13 de octubre de 2012

Cuento del hijo del leñador



Érase una vez el hijo de un leñador que tras sus lecciones en la escuela, ayudaba a su padre apilando leña en el cobertizo para luego ser vendida. Sin embargo, su gran sueño era ser dibujante. Solía escaparse a las montañas a dibujar los animales que allí veía: corzos, cervatillos, cabras montesas y pájaros, entre otros. También le encantaba dibujar cada momento que impregnaba el espíritu de la naturaleza: la caída del agua de la cascada sobre el lecho del río, el despertar del amanecer o el majestuoso vuelo del águila, reinando en el cielo. El hijo del leñador adoraba la naturaleza. Tanto él como su padre eran respetuosos con el medio ambiente y, por eso, por cada árbol talado, ellos plantaban dos. Su padre siempre le explicaba que el ser humano debía obtener alimento y sustento de la naturaleza pero también debía comprometerse a cuidarla y a velar por su subsistencia.




-La naturaleza es nuestra madre y, por eso, debemos amarla y ella, a su vez, cuidará de nosotros –le decía siempre su padre.

Y, de hecho, la naturaleza siempre era la musa que inspiraba los dibujos del niño, que no paraba de reproducir la belleza y el silencio de los bosques en cada una de sus creaciones. 

En la escuela sus dibujos siempre eran bien acogidos y adornaban los pasillos del colegio. Un día el chico acompañó a su padre a casa de un cliente que les compraba leña cada invierno y éste observó como el niño dibujaba los árboles del entorno. Había tal grado de realidad en ese dibujo y transmitía tanta paz que el cliente le preguntó al padre el precio del dibujo. El padre se sorprendió y le dijo que se lo preguntara a su hijo. El niño regaló la lámina del dibujo al cliente.

Prosiguieron su viaje hacia la casa de otro cliente del leñador y, sorprendentemente, sucedió lo mismo. El niño estaba dibujando a unos venados que pacían en el bosque y este segundo cliente quedó tan impresionado que se ofreció a comprarle el dibujo. Esta vez, el niño se lo vendió a un precio razonable.

Cuando se marcharon, su padre le dijo:

-Tú vendes tus dibujos y yo vendo leña. Formamos un buen equipo-.



Cuando llegaron a la cabaña, el niño no solo siguió dibujando sino que pintaba sus dibujos con acuarelas con lo que consiguió dotar de mayor vida a sus imágenes a través de vivos colores. Junto a la leña que apilaba en el cobertizo, había una pared donde el niño colgaba sus pinturas para que se secaran. Un cliente de su padre se desplazó con su hija pequeña para comprar leña y cuando fue al cobertizo y vio la belleza y el equilibrio de los dibujos del hijo del leñador, su hija le pidió que se los comprara pues deseaba colgarlos en su habitación de juegos. El niño se los vendió y con el dinero que obtenía por sus dibujos y con la ayuda de su padre, montó un pequeño estudio de trabajo en la buhardilla de la cabaña. La parte trasera era de madera pero la delantera estaba presidida por un enorme ventanal de cristal transparente donde el niño contemplaba la profundidad del bosque.

Cuando llovía observaba como las gotas impactaban en el cristal y como se desplazaban lentamente hacia abajo hasta desaparecer. El niño imaginaba y dibujaba las gotas de lluvia como diminutas estrellas que se habían escapado del cielo y que se habían vuelto acuosas al desprenderse del firmamento y se disolvían al llegar a la tierra. En esos momentos el niño sentía que, en cierto modo, era el guardián de los bosques del planeta y el responsable de mostrarle su divinidad y perfección al mundo. Era tanta su perfección que en los bosques y en cada una de las ilustraciones del niño sólo podía vivirse en momento presente.


El niño se convirtió en un famoso dibujante que ilustraba no sólo cuadros y lienzos, sino cuentos infantiles y relatos por doquier. Adoraba su trabajo inspirador y, además, siguió ayudando a su padre e impulsó a otros dibujantes a darse a conocer. También fundó una organización para velar por el ecosistema siempre bajo la atenta mirada y apoyado por su padre, quien siempre fue su mentor y su ángel de la guarda. 

El texto y las ilustraciones, todos de mi autoría, están inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual. 

                                                                   

 

Cuento extraído de mi libro Cuentos de hadas y oraciones para la Madre Tierra publicado en Bubok 
 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El águila que sobrevoló el castillo



Érase una vez un águila que sobrevolaba a menudo el castillo del rey. 

Le gustaba volar sobre tan imponente edificación, que se alzaba sobre las montañas. Lo que más le gustaba de palacio era ver ondear las enormes banderas del reino, las cuales siempre se movían a merced del viento y desplegaban la belleza de los colores del territorio del monarca. 

Un día, el águila, como de costumbre, estaba sobrevolando el castillo cuando vio que el mástil que sujetaba la bandera iba a caerse, como consecuencia de un golpe de fuerte viento que azotaba ese día al edificio.

Bajo el mástil estaba el rey, quien fue salvado por el águila, la cual se lanzó en picado a una gran velocidad, para impedir justo a tiempo que el gran mástil aplastara al monarca, empujando y propinando un picotazo al gobernante para que se apartara del peligro.


 
El rey, agradecido, pidió al águila que se quedara para siempre con él para seguirle protegiendo pero el águila adoraba la libertad del vuelo en las montañas y a sus queridas crías, que le estaban esperando en el nido. Además, pronto les enseñaría a volar y esa experiencia para el águila era un regalo que la vida le brindaba en cada crianza.

Sin embargo, el águila le prometió al rey que seguiría cerca de él, sobrevolando el castillo y cuenta la leyenda que una familia de águilas es desde entonces la vigía del castillo del reino.




Cuento publicado en mi libro Cuentos de Hadas para niños y adultos editado por Bubok Publishing, S.L. en 2011
 

sábado, 8 de septiembre de 2012

El conejito volador

Desde tierras muy lejanas, tan lejanas que podría decirse que pertenecían a otro planeta, vino aquí un conejo volador cuya casa estaba más allá del espacio estelar. En su planeta de origen las sonrisas elevaban sus alas de tal modo que permitían abrazar el sol y disfrutar de la caricia de sus rayos. Además, los habitantes de su planeta por la noche soñaban realidad mientras que, por el contrario, durante el día vivían sus sueños.

Las playas eran diferentes a las del planeta Tierra pues allá las playas lo eran ¡pero de agua dulce! y la arena era de polvo de estrellas. En esas playas las estrellas bajaban a bañarse a la orilla del mar, cuando conseguían escaparse a hurtadillas del cielo.



El primer lugar de nuestro planeta al que aterrizó nuestro conejito volador fue en un desierto. ¡Hacía tanto calor! En su planeta, en cambio, la temperatura solía ser tan ideal que a menudo las estrellas a veces bajaban al suelo, embriagadas por el clima idóneo que las atraía dulcemente. Así que, como hacía tanto calor, el conejito decidió visitar otro lugar del planeta terráqueo y voló hasta una casa situada en un claro en el bosque en la que habitaba una encantadora familia. El conejito se emocionó cuando vio a una madre que a abrazaba y besaba a su bebé, hecho que le demostró la ternura que irradia en cada ser humano. En cambio, en el planeta del conejito todos eran tan autónomos que no precisaban ayuda ni protección ajena. Sin embargo, el amor que se vivía en el planeta Tierra era diferente…

En el planeta Tierra el conejito pudo presenciar como los padres luchaban para sacar adelante a sus hijos, con una sonrisa en el corazón. También observó como los humanos desarrollaban una actitud de fe en sí mismos y de entrega y sacrificio para cumplir sus sueños.


El conejito también voló hacia poblados devastados por el clima en los cuales algunos de sus habitantes habían perdido sus hogares y, por primera vez, fue testigo de la tristeza y la desolación. Pero también lo fue de la solidaridad y la unión, cuando vio como esas personas eran ayudadas a reconstruir sus casas con tanta alegría brotando de sus corazones que el conejito no pudo evitar sentirse contagiado por ella. Si algo admiró en ese momento el conejito de la raza humana fue en su inquebrantable fuerza para vivir el camino de sus sueños.

Finalmente, el conejito aterrizó cerca de la madriguera de otros conejos terrestres y contempló como éstos rascaban la tierra con sus patitas y la agradable sensación que parecían tener, cuando el aire les rozaba al correr. El conejito volador se impregnó de la frescura de las briznas de hierba tierna y de la libertad y de la liviandad que notaba cuando caminaba a saltitos junto a esos conejos de la Tierra que tantas cosas diferentes a las de su planeta le estaban enseñando. Por otra parte, sentirse integrado en el alma de ese grupo era algo que lo hacía sentirse mejor. Sin embargo, sus amigos los conejitos de aquí le brindaron una última lección: las sensaciones que brinda el presente constituyen una poderosa herramienta para anclarse en el ahora, lo único que cuenta, a pesar de todo.

El conejito volador partió hacia su planeta y transmitió a los suyos el respeto a nuestro hermoso planeta, vivo y sintiente. 
  

Extraído de mi libro Cuentos de hadas y oraciones para la Madre Tierra editado en Bubok

viernes, 17 de agosto de 2012

La liberación de los patos de la granja


Había llegado el día de la liberación de los patos de la granja. Habían sido cuidados por Supermami, su mamá gallina adoptiva, pero había llegado el momento de dejarlos libres en su entorno natural. El granjero se quedó con una pareja de patos a petición de su hija, que se había encariñado muchísimo con estos simpáticos animales, pero el resto serían trasladados a la naturaleza pues la vida en libertad sería la mejor opción. 

El granjero no pudo evitar llorar, cuando trataba de capturarlos en el corral de gallinas donde habían sido criados, recordando las anécdotas que había vivido con ellos desde que llegaron a su granja siendo unas crías de pato de tan sólo tres días de vida. Aquél duro momento le enseñaba que cuando nuestros guías de luz nos protegen, también sufren al tener que respetar nuestra libertad y plan de vida. Al igual les resulta a nuestros progenitores. Separarte de los que quieres, no resulta fácil. El granjero había aprendido y disfrutado de los patitos y con ellos se había sentido completamente en paz. Nunca olvidaría su mirada profunda y sus juegos en el corral.  

El granjero colocó a los patos en cajas de cartón y los trasladó al mismo lugar donde fueron hallados. Se trataba de una zona rural de campos no cultivados con lagunas naturales. El este entorno había poca presencia humana, hecho que había favorecido que la fauna y la flora de ese lugar aumentara y se diversificara. Las pocas personas que habitaban esos terrenos eran respetuosos con el medio ambiente debido a su conciencia ambiental y ecológica y respetaban y protegían a los animales, potenciando su presencia y permitiéndoles que vivieran en paz. Un río caudaloso atravesaba el lugar y le confería mayor frescura y desarrollo.     


La hija del granjero acompañó a su padre en tan señalado día pues, muy emocionada, deseaba compartir con los patitos, aquellos que habían sido sus amiguitos en la granja, este momento tan especial. La hija dejó de llorar al ver la belleza, la espaciosidad y la tranquilidad que se respiraba en esas praderas apacibles y frondosas. 

Había en ese lugar que parecía de cuento de hadas, una vieja casona cuyos propietarios estaban acondicionando. Al lado de esta casa había un huerto de frutas y hortalizas, rodeado de fincas y pastos. El lugar era idóneo para los patos. Cerca del huerto había una enorme laguna, con algas, peces y abundancia de insectos, donde los patos fueron hallados por la propietaria de la casa de campo al ser abandonados. Antaño había sido una piscina pero la propietaria había querido seguir conservándola como laguna, para respetar la vida animal y vegetal que albergaban esas transparentes aguas. Esa laguna desprendía una serenidad especial y sus amorosas aguas contribuían a la cría y crecimiento de numerosas especies acuáticas, algunas de ellas, minúsculas. Los propietarios de ese lugar de naturaleza en estado salvaje habían prometido desde niños contribuir a la preservación de la Madre Tierra, en especial de los reinos animal y vegetal, por lo que habían fundado varias asociaciones de compromiso hacia los ecosistemas naturales.



   

 El granjero y su hija soltaron a los patos ante la laguna, uno de ellos se alzó rápidamente en vuelo, disfrutando de su recién estrenada libertad. En el corral de la granja los patos no habían podido volar, así que no era cuestión de perder el tiempo para saborear la inmensidad del cielo. El pato se alejó rápidamente hasta que desapareció en el horizonte. Sin embargo, el resto de los patos se quedaron en el lago. Disfrutaron nadando, chapoteando y aleteando en el agua tranquila del gran lago, que nada tenía que ver con el pequeño recipiente que el granjero les había preparado a los patos en la granja para que puedieran bañarse. Sin duda, el lago les convenció más. La hija del granjero les dejó grano cerca del lago para que los patos puedieran comerlo, si les apetecía. Era verano y hacía buen tiempo. Los patos tenían tiempo de sobras para adaptarse a la climatología de las diferentes estaciones y buscar comida. De hecho, en los campos había muchas caracolinas. A los patos les encantaban, ya que les aportaban calcio, las encontraban deliciosas y resultaban fáciles de capturar.     

El granjero y su hija regresaron a la granja. La niña a pesar de tener en la granja a su pareja de patos, echaba de menos al resto. Su padre, el granjero, le dijo:

-Hija, los padres debemos aprender a respetar el camino de nuestros hijos. Ellos son libres de marcharse y de hacer su vida, de fallar y de acertar. No podemos sobreprotegerles, sino permitir, aunque nos duela, que se marchen y emprendan su rumbo. No sufras por los patos. Los patos en el campo están bien. Además, allí vuelan y caminan e inspeccionan su nuevo lugar. Para ellos es una aventura divertida. Seguro que ese paraje natural se convertirá en su lugar.

-¿Estás seguro de que estarán bien allí, papá? -le preguntó la niña a su padre.

-Sí, seguro. La naturaleza es su lugar. Allí estarán muy bien. No sufras por ellos -le tranquilizó su padre.  

La niña al irse a dormir encendió una vela a su ángel de la guarda y le pidió que protegiera a los patos en el campo, especialmente, esa noche, que era la primera que pasaban fuera de la granja. La hija estaba preocupada porque hacía una noche muy ventosa y sabía que el fuerte viento se llevaría los granos que les dejó a los patos cerca de la laguna. 

-Lo dejo todo en tus manos, mi ángel -pensó la niña.

Al cabo de un par de días, la propietaria de la casa de campo se puso en contacto con el granjero y su hija para decirle que los patos liberados estaban bien y seguían en la laguna. A veces, se iban para descubrir el lugar y buscar alimento pero siempre acababan regresando. La niña le preguntó por el montón de grano que ella misma había depositado cerca de la laguna y la propietaria le respondio que seguía ahí, casi intacto, ya que los patos habían comido parte de él.
 

 La niña sabía que eso resultaba casi imposible debido la ventisca que había azotado la zona la primera noche que los patos habían pasado allí. Pero la niña marchó a agradecerle a su ángel que hubiera protegido el montículo de grano para que los patitos pudieran alimentarse de él hasta tener un mayor conocimiento del lugar.


-Gracias, querido ángel, por cuidar de ellos. Por favor, sigue protegiéndolos. Les echo mucho de menos.- le confesó la niña a su ángel en voz baja.

Al regresar del colegio cada tarde, la niña se iba a ver a la pareja de patos del corral y a las gallinas y les daba grano.

-Papá, ¿me dejarás cuidar de ellos a partir de ahora? -le preguntó la chiquilla al granjero.

-¿Por qué? -le preguntó su padre.
-Porque me siento muy bien, cuando estoy con ellos. Mi miran con sus ojitos curiosos. Es como si con ellos pudieras olvidarte del mundo -le respondió la niña a su padre.

-A mí me pasa lo mismo -le respondió su padre, el granjero-. Cuidando de los animales, recibes mucho amor. Puedes cuidar de los patos y las gallinas-.

Por la mañana, la niña se levantaba antes para escaparse unos instantes al jardín de la granja antes de ir al colegio. ¿Por qué? Pues porque cerca del corral de patos y gallinas había un caminito de piedras. La niña levantaba las piedras por la mañana temprano, cuando la tierra todavía estaba fresca y húmeda, pues estaba repleta de lombrices. La niña las tomaba y se las daba a su pareja de patos y también a las gallinas.A la niña le encantaba estar cerca de ellos y ocuparse de su bienestar. La hacía feliz el simple hecho de ver que ellos estaban bien. Y mientras les acercaba al pico las lombrices, la niña se preguntaba qué estarán haciendo los patitos del campo.

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viernes, 13 de julio de 2012

Supermami, la mamá gallina (2)



Supermami, la mamá gallina adoptiva seguía criando a sus patitos con el amor, el esmero y la dedicación de una madre. El granjero opinaba que ella era la viva muestra de que las madres entregadas, en sí mismas, son un verdadero milagro en La Tierra pues ellas alientan a sus retoños a ser por sí mismos, cuidándoles pero sin tratar de interferir ni coartar la expresión espontánea y natural de esas pequeñas almas juguetonas y tiernas.  


Los patitos no paraban de comer y piar y mamá gallina estaba resplandeciente de felicidad con ellos. Desde que los estaba protegiendo, Supermami estaba más bonita que nunca. El estar siempre pendiente de ellos formaba parte de su vocación de madre.

-He tenido mucha suerte de que hayas llegado a mi gallinero, Supermami -decía el granjero-. ¿Te han enviado los ángeles?


En una jaula grande anexa al gallinero había unas codornices chinas. Su plumaje claro y amarillo les confería una belleza particular. Un día el granjero observó como el codorniz macho picoteaba en la cabeza de la codorniz hembra y le causaba daño. El granjero se dio cuenta de que la cabeza de la hembra empezaba a sangrar. Por eso la tomó en sus manos y con el amor que profesaba a los animales de su granja, le limpió las heridas. Hinchados de dolor, los ojos de la codorniz no se abrían. La hija del granjero que había heredado de su padre la pasión por los animales, le pidió a su papá si podía tener bajo su cuidado a la codorniz hembra. Su padre accedió.

La niña intentó tomar a la hembra entre sus brazos, pero ella, dolida por el ataque que acababa de sufrir, no permitió que la niña la abrazara. La niña comprendió el miedo de la codorniz. La niña se entristeció pues la codorniz pasaba sus días sin comer, con la cabeza siempre agazapada, como si hubiera sido vencida. Siempre estaba plegada, retraída y con los ojos cerrados. La niña podía sentir el sufrimiento de ese animal en su propio corazón y solía llorar al verla tan débil. La niña le rezaba a los ángeles y les suplicaba que por favor le devolvieran la vista a la codorniz.

-Por favor, tenéis que curar a mi codorniz - susurraba la niña a su ángel guardián.


El granjero trataba de que la codorniz comiera y bebiera algo pero no siempre lo conseguía. El animal estaba muy abatido y desconsolado. El granjero cogió a la codorniz macho que dañó a la hembra y lo trasladó al corral con las gallinas. Allí el macho codorniz intentó propinar un picotazo a uno de los patitos y tuvo que vérselas con Supermami que ni por un momento dudó en defender a su pequeño. Luego el codorniz macho cayó en el recipiento lleno de agua que el granjero había colocado allí a modo de balsa para los patitos. El codorniz no pudo salir de allí y tuvo que pasar toda la noche en el agua fría. El granjero lo sacó por la mañana y lo recolocó de nuevo en su jaula pero esta vez aislado. El animal estaba como inmóbilo aletargado a causa del efecto del agua.

-Papá -le dijo la hija a su padre granjero -la codorniz que me has permitido adoptar se llama Princesa y aunque ahora es una princesa triste, yo rezo a los ángeles para que se recupere-..

-Ten paciencia. Los ángeles escuchan todas nuestras peticiones -le dijo el granjero a su hijita.

-Papá, por favor, deja que Princesa esté un tiempo conmigo, fuera del corral -le pidió a su padre.

-¿Por qué? -le preguntó su padre.

-Por que quiero que sane y deje de sufrir este asedio -le dijo su hija.

-A veces los animales se atacan entre ellos. Nosotros no podemos juzgarlos desde nuestra perspectiva humana pues su naturaleza animal es quien los rige. Pero por esta vez voy a respetar tu petición -le dijo amorosamente el padre a su hija.

Entonces sucedió un pequeño milagro: Princesa empezó a abrir un ojo y a recomponer su compostura habitual. Ya no estaba siempre agazapada, con la cabeza gacha, sino que ahora estaba más levantada, parecía una verdadera princesa. Pero por aquel entonces sucedió otro milagro y es que el granjero tenía en la granja una incubadora artificial donde días atrás había colocado unos huevos de Princesa. Dos de ellos empezaron a romperse y nacieron dos preciosas y diminutas codornices. La hija lloró de felicidad al presenciar el milagro y experimentar la emoción de ese momento mágico.

-Cúrate pronto, Princesa, tus hijos están aquí. Pero no te apures, mientras estés enferma, papá los alimenta -le dijo la hija del granjero a su codorniz.        
   
Los patitos seguían siendo las estrellas del gallinero bajo el atento cuidado de Supermami. El resto de gallinas de corral estaban alicaídas, tristes. El granjero se dio cuenta de la razón: el gallinero se estaba quedando pequeño ante tante correteo de los patos, además, éstos siempre se bañaban y mojaban toda la paja y el suelo de tierra del gallinero. Por esta razón, el granjero agrandó el corral y retiró parte de la paja mojada y en su lugar el granjero colocó piedras de grava cerca de la bañera, de este modo, esa zona no estaba tan húmeda  y sería más cómoda para las gallinas.



-Papá, no pongas grava por todo el suelo del corral -le dijo la niña a su padre - Deja parte del corral con el suelo de tierra, la que esté más alejada de la bañera de los patos. A los patos y a las gallinas les encanta buscar insectos en la tierra.

-Qué lista que es mi niña -dijo el granjero.   

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