
La compasión se ancla en el respeto y el amor. La verdadera compasión nace del claro entendimiento y de la percepción consciente de la situación ajena. De este modo, la compasión no impide ver la fortaleza y el coraje que puede habitar en el corazón de persona objeto de compasión, a pesar de todo, y nunca cae en el menosprecio o la indiferencia de quien la siente. Y desde esa compasión, puede generarse la ayuda necesaria para que ese potencial de fuerza interior pueda aflorar y dar paso a su manifestación. Si eso sucediera, la compasión se convertiría en admiración, una admiración nacida del respeto y del reconocimiento de las cualidades del otro.
Este es un cuento inspirado en este tema:
“Érase una vez una mujer que enviudó y siguió viviendo con sus dos pequeños en la granja en el campo, que había compartido durante tantos años con el que había sido su marido.
Ella sacó fuerzas para tirar adelante su propiedad y la crianza de sus hijos. Se

Un día un leñador llamó a su puerta y le pidió cobijo y comida a cambio de su trabajo en la granja familiar. La mujer asintió y se alegró pues gracias al trabajo del leñador, ella disfrutaría de más tiempo para cuidar de sus hijos. Entre el leñador y la mujer nació una relación de respeto y cordialidad.
Un rico mercader cuya mansión estaba al lado de la granja de la mujer, hacía tiempo que venía observándola y, aunque al principio, él había sentido compasión por ella, eso no le había impedido percibir la fuerza, el coraje y la ternura que residía en el corazón de esa mujer que él había pasado a admirar por su ded

Un día el mercader pasó a saludarla y le transmitió su respeto por ella, pues su actitud ante la situación que le había tocado vivir era una lección de confianza en sí misma y fortaleza que aprender.
La mujer le agradeció sus palabras y el mercader le dijo que en su finca había un enorme cobertizo con tierras anexas que ya nadie utilizaba y que estaban abandonados por lo que propuso a la mujer y al leñador, si les

Con los años, el mercader murió sin descendencia y sus propiedades fueron legadas a quienes las trabajaban. Cuando los hijos de la mujer crecieron, también se ocuparon de las tierras, agradeciendo cada día a la madre tierra la bendición de cuidar de tan bellos pastos para sus animales.
La mujer nunca volvió a casarse pero era feliz con su vida pues se sentía enormemente próspera.
Gracias a su trabajo y a la ayuda de los espíritus del bosque, ella había conseguido mucho más de lo que nunca soñó y además estaba rodeada de personas con quienes la unía: una relación de amor con sus hijos, y de cordialidad de trato y afinidad con el leñador y su ayudante. Ella percibía que la vida le había regalado autenticidad y verdad por lo que se sentía enormemente compensada y cada mañana le sonreía al sol, mientras cruzaba sus manos sobre el corazón y decía gracias en silencio pues la compasión del mercader le había traído esperanza y cambio en su vida.”
Cuento publicado en mi libro Cuentos de Hadas para niños y adultos editado por Bubok Publishing, S.L.