martes, 20 de marzo de 2012

Mi frase para hoy...

"Cuanto más parecen complicarse las cosas, yo más me empeño en ser feliz. De este modo, lo complicado se vuelve sencillo."
http://www.mjesusverdu.com/castella/afirmaciones.htm

jueves, 15 de marzo de 2012

Cerca de mis guías en el río


Estoy en el pueblo donde vengo a meditar y a dejarme embelesar por la belleza del ahora que se presenta ante mi en este paisaje natural donde mis preocupaciones se esfuman. He abierto la reja de acceso al río y he invitado a venir conmigo a un perro de cara bondadosa que se ha cruzado conmigo. Él me ha seguido durante un trecho pero cuando me he sentado a escribir sobre la hierba, él ha preferido seguir su camino y se ha separado de mí.

Aquí siento sonreír a mis guías y me adentro en un estado de paz que me enseña a reverenciar el instante. Sin embargo, el verdadero mérito es aceptar el instante sin juzgarlo, aunque éste no sea de nuestro agrado. Apelar, entonces, a la quietud interior, aunque resulte difícil, ayuda a recordar que a pesar del terremoto emocional, sigues ahí, enraizada en tu equilibrio y tu fe.

Desde la alerta consciente, emergen lágrimas de tristeza por todo lo vivido lo cual hace que perciba que me estoy recreando en el papel de víctima, aunque también estoy sintiendo y mirando a una tristeza que había creído tener olvidada. La tomo en mis brazos emocionales y me responsabilizo de la situación. Responsabilizarse significa decir sí a lo que es o a lo que ha sido, asumirlo, aceptarlo sin sucumbir al juicio y seguir adelante, dando gracias por lo aprendido.

Me doy cuenta de que, mientras he estado llorando durante este breve espacio de tiempo, reviviendo mi dolor, me he perdido el sonido sublime del canto de los pájaros que rompen el silencio del paisaje para recordarme que siga aquí y ahora. Sumidos en nuestro sufrimiento, nos perdemos lo mejor.

Hace poco ha llovido durante unos minutos y las gotas de lluvia reposan sobre las briznas de hierba, confundiéndose con el rocío matinal.

El sol parece que hoy le cuesta brillar pues unas nubes traviesas están jugando a ocultar su luz, pero al final el sol les está ganando la batalla. Por eso estoy empezando a saborear su triunfo, sintiendo un calor reconfortante en mi espalda.

La vida me ha enseñado que la felicidad se basa en la libertad, la sencillez, la humildad y el contacto con la naturaleza, ese regalo divino que nos ofrece la Madre Tierra y que las hadas custodian con tanto celo y vocación. Debemos respetar al planeta Tierra y amarlo como a nosotros mismos. Una forma de tratar con cariño al planeta es saber cultivar buenos pensamientos pues éstos inciden sobre la energía terrestre y elevan su vibración a la vez que elevamos la nuestra y la de quines nos rodean.

El río sigue sonando… su sonido no cesa, impulsado por su fuerza eterna y abrazado por los árboles de la orilla. Los árboles lo abrazan, agradecidos de que el agua los alimente y les garantice su subsistencia. A pesar de que lo árboles están a cierta distancia del río, se hallan más cerca de lo que parece ya que sus raíces se orientan hacia el río y es como si lo tocaran.

Nuestras raíces también pueden acercarnos a lo que nos nutre y nos aporta, ellas saben sabiamente adonde dirigirse, si se lo permitimos. Cuanto más pretendemos complacer y más nos dejamos absorber por las exigencias y los cánones del exterior, menos conectamos con nuestras raíces interiores y vivimos la vida en desconexión con lo que realmente somos: seres de luz con alas de alma.

Me pasaría la existencia contemplando este río y no entiendo como su belleza y su perfección pueda pasar desapercibidas a los demás. Pero aquí reside precisamente el encanto de este lugar de cuento de hadas pues, de este modo, puedo disfrutarlo en recogimiento y en soledad, algo que ahora me pide el alma a gritos.

Hacía tanto tiempo que necesitaba detenerme y llevar una vida sencilla y tranquila de escucha interior que ahora la vida me parece un sueño del que sé que un día despertaré y me encontraré cara a cara con mi alma y le diré:

-Ahora no sólo puedo sentirte sino que puedo verte no contenida en cada cosa que he visto como hasta ahora sino que al fin te puedo contemplar tal como eres en esencia. Te veo y me veo a mí misma. Y sé que algún día de nuevo partiré a tu encuentro…

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viernes, 9 de marzo de 2012

Cuento de la niña interior

Érase una vez una niña interior que se encontraba atrapada en la eternidad de una pradera abrazada por las montañas y cruzada por un río. La niña interior se resistía a trasladarse a la edad adulta pues huía del sufrimiento que en su más tierna infancia había vivido.

Un día su adulta interior fue a buscarla y le pidió que ambas partieran de aquel refugio de la niña para convertirse en una. La niña tenía miedo y se negó. La adulta se puso a llorar y le confesó que sentía que ellas eran la misma persona y que la adulta ya no podía seguir viviendo separada de su niña interior.


-Reconócelo -le dijo la adulta a la niña- : estás atrapada entre dos mundos emocionales. Sal y reúnete conmigo-.

La niña desapareció pero la adulta le advirtió que no cejaría en su empeño de ir a buscarla, cuantas veces la vida se lo permitiera. Y la adulta con lágrimas en los ojos y con toda la fuerza de su alma y de su corazón le pidió a sus ángeles guardianes:

-Por favor, dejadme que me funda con mi niña interior. Esa niña con quien deseo reencontrarme. Esa niña que casi había olvidado y que no me conoce pero que ahora se ha convertido en el centro de mi mundo. Quiero amarla, cuidarla y protegerla como se merece. La miro y veo una hada, incluso más que a una hada pero siempre se marcha volando con sus alas...


Los ángeles le prometieron que la ayudarían.

Un día la adulta soñó con un nuevo horizonte y una voz de niña la despertó y le sonrió con dulzura.

Una nueva vida había empezado para ellas.

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viernes, 2 de marzo de 2012

Una poesía de las hadas...

Tocan las campanas en el pueblo
complacidas ante el renacer
del nuevo día,
que me bendice
con su caricia de luz
y me regala el silencio del amanecer.

El borboteo del agua del río
me amansa los sentidos
y me resuena en el ser.

La hierba se ha despojado
de las gotas de rocío,
se las sacude
y moja a las hadas,
que se van volando
antes de que la humedad
les empape las alas.

Y el río sigue ahí:
presente y eterno,
testigo ancestral de la dualidad del ahora.

Un pájaro baña con su trino
el río por la mañana,
mientras la belleza de su canto
enternece a los elfos y a los duendes,
ocultos a la vista humana.

Este paisaje quieto y sublime
invita a la meditación
y a la contemplación del alma que lo nutre.

Tener la dicha de estar aquí
es como un susurro de bendición y de cariño.

La melodía del río penetra en mi corazón
y me eleva hasta el canto de los ángeles.

Anclada en la tierra,
me siento en el cielo,
cuando las nubes se escapan
y los rayos del sol,
dóciles y tibios,
se funden con mi piel.














Observo a la divinidad
que mora en todo
y una sensación de alivio y liberación
se adueña de mí.

La perfección, que se halla ante mí,
viene vestida de naturalidad
y de una presencia callada
cuya voz silente
nació de constelaciones
que constituyen la atalaya
desde donde se avistan nuestros sueños.

Pero mi sueño está en el instante que respiro,
en las montañas que me abrazan,
en el alma gemela
junto a quien me despierto cada mañana.

En la intimidad del ser,
me hundo en mi espacio de paz
en el que ha entrado de puntillas
las sonoridad de la naturaleza.

La alfombra de la pradera
se extiende más allá de lo que puedo divisar.

Hay tanta vida dentro y fuera de ella
que me siento muy afortunada de atestiguar
en este momento
el ciclo continuo de la vida.

Las hormigas recogen su alimento,
las mariposas liban el néctar
y las lagartijas corren veloces,
cuando las sorprendo.

En la quietud reside el amor
que todos albergamos
y que queda al descubierto,
cuanto más perdonamos
y nos desprendemos de lo viejo.

Entonces, el ahora nos abre
a una dimensión de magia
cuya llave es el sentir
y su sabor se cuece
con especias suaves, sanas y equilibradas
en la cocina
pausada, consciente y en armonía
con cada minuto de la existencia.

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viernes, 24 de febrero de 2012

Gnomos y duendes danzarines


Me he dejado condicionar por el dolor y esto me ha hecho perder fuerza en el ahora. Lo lanzo simbólicamente río abajo, confiando en que se disuelva y se transforme en algo bueno. Me entrego al sol de la mañana y mi mente se aquieta.

El sonido del agua del río disipa mi ruido interior y lo engulle hasta el fondo. Desde aquí la vida se percibe mansa y sin resistencia. Los pinos forman parte del silencio de este entorno natural y mágico, que aviva mis sentidos, mientras una agradable sensación me lleva a la quietud del ser.

La vida me mece entre el puente de los divino y lo terrenal y me integro en su equilibrio. La dualidad tiene el encanto de empujarnos a los extremos, a encontrar el punto medio o bien de experimentar cada matiz de la balanza. La alteración me ha enseñado a valorar la paz interior como el más preciado de los regalos. La prisa me ha impulsado a saber vivir la vida con pausa y equilibrio. La soledad del ser me ha mostrado lo mejor de mi. La naturaleza es esa maestra que nos anima a aquietarnos y a silenciar todo aquello que nos aparta de la verdad: aquella que hemos venido a descubrir. La vida se presenta como una aventura emocionante, cargada de incertidumbre, que nos hace más sabios, comprensivos y fuertes, aunque, a veces, su sabor sea el del sufrimiento. Una vez superado y perdonado, alcanzaremos un nivel mayor de evolución.

La tranquilidad con que fluyen las aguas del río me aporta serenidad y seguridad y me adentra más en mí misma. Todo discurre despacio y ello permite que nos empapemos de las lecciones de la vida y alcancemos nuestro particular grado de maestría.

El seno de la tierra nos ofrece todo aquello que precisamos para reencontrarnos con el ser y alcanzar un conocimiento supremo de nosotros que nos permitirá comprender mejor al mundo para dejar de enjuiciarlo.

Todo confabula a nuestro favor, si aceptamos escuchar y confiar en nuestra intuición. Siempre podemos equivocarnos pero cuando nos demos cuenta de un error, es porque ya hemos aprendido de él.

Los rayos del sol se entrelazan en el fondo del río y el movimiento los hace danzar en un juego de haces de luz que parece propio de los ángeles.

La soledad de este rincón paradisíaco me permite disfrutar de él con toda mi atención, abandonándome a la belleza que me enraiza en el ahora y soltando el control.

Este momento destila espiritualidad y me siento en libertad, libre de ser y de seguir allá donde el instante me lleve.

La luz incide sobre la superficie del río y pequeños diamantes corren sobre ella, como si fueran gnomos o duendes danzarines que juegan a ser felices. Y en esto precisamente consiste el juego de la vida: en empeñarnos en ser felices a pesar de todo.

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miércoles, 15 de febrero de 2012

Poesía del presente con los ángeles

Esta noche contemplo a las personas
paseando,
empapadas del halo de la luna
y las estrellas les acarician,
les mecen y sonríen a sus sueños.

Los transeúntes se entregan al presente
en cada paso
con la misma devoción
que tiene un bebé al nacer
y lo miran desde la luz de la divinidad,
bendiciendo cada minuto recibido.

El ahora nos abraza
y nos llama a la neutralidad,
a la alerta de los sentidos,
a la apertura del ser,
como una hoja que se va desflorando
para arrojar el milagro de la vida
de su semilla.

La Tierra está acurrucada
en un baño de energía vivificante
que renace serena al alba.
Todo lo que en el planeta permanece
es elevado a la vibración del amor
y cae lo fútil,
mientras arrecia lo verdadero.

Abro mis ojos y agradezco la dicha
del aquí y del instante
y me fundo en la esencia del momento
y la recibo con la complacencia
de un niño
que se siente amado
y que ha aprendido a jugar honestamente
con la vida.









Cuando las luces se apagan,
veo a los ángeles
que rodean mi corazón alegre
y que me ayudan a discernir
para alcanzar el despertar soñado
que siempre estuvo ante mí,
descalzo, desnudo y ahora compañero,
que me da la mano
y me besa el alma.

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viernes, 10 de febrero de 2012

La fuerza del alma en el río

Las burbujas blancas se disuelven lentamente y en el proceso de su disolución se llevan el dolor al explotar con él y desaparece.

Corre el agua dibujando olas que se mueven hasta el infinito y que recogen nuestras emociones para renovarlas y sentirnos libres de ser y de volar en la dirección de nuestros sueños.

El sol ilumina a esas burbujas juguetonas que no cesan de formarse en la bajante del río y que me recuerdan la transitoriedad del instante, tan corto y efímero en su decurso.

Transcurre la vida momento a momento y en cada uno de ellos debiéramos permitirle que nos guíe hacia nuestra creatividad, allí donde reside la sabiduría del alma y de su expresión más amplia y pura.

Vivir es abrirse a nuestra expresión del alma libre, ligera, espontánea y etériea para mostrar gracias a ella nuestra mayor belleza, esa que reside en la misión de cada uno, esa que fluye libre de entregarse fielmente al propósito del río de nuestras vidas.

El caudal no cesa de moverse hacia delante allá donde lo empuja el movimiento del momento presente, ése que reina en el río de una vida consciente y atenta. Ése que es observado desde la dimensión neutral de los ángeles y las hadas.


Nuestra plenitud reside en no dejar que las formas del río nos cautiven y nos atrapen de tal modo que nos impidan que nos veamos reflejados en su superficie en aquella imagen que realmente nos representa: la de ese alma que vive en el río y que le brinda su aliento de vida. Ese alma que no necesita respuestas, sino que sabe por intuición. Ese alma que no sufre y que no se agarra, sino que fluye libre por sus aguas. Ese alma que, mansamente, se doblega al ritmo del curso del río porque le ha dicho sí al instante. Ella no se preocupa porque sabe que el dolor es pasajero, que la alegría es el timón que guía su embarcación en el río y que su energía creativa irá dirigiendo la aventura río abajo.

Es la misma alma que viene con todos los recursos para ser y para crecer con confianza, determinación y la valentía de ser uno mismo, libre de la opinión ajena y de los condicionamientos que la ahogan. Ese alma que sabe escuchar al sabio y reconocer en él al filósofo de la vida, al gran maestro que quizás la multitud ignora. Ese alma que nos permite ser la singularidad de uno mismo, de ese río cuyas agua nutren la tierra y le otorgan el don de la vida.

Esa misma alma que no actúa desde la carencia, sino desde la riqueza de ser. Ese alma que afronta e integra los altibajos como su sustento, como algo que la mantiene viva y en contacto con la realidad. Ese alma que se encuentra en el ahora y que le abre los ojos al instante.

Esa alma que nada en la quietud y en movimiento pues se expresa en todo momento y circunstancia. Esa alma que ha venido a transitar en el planeta para sentirse a sí misma y verse reflejada en todo lo demás. Esa alma que ha venido a enriquecerse y a no compadecerse, a crecer y no a estancarse o acomodarse. Esa alma que sabe quien es y que en la vida la mayor bendición es sentirse libre y ligera. Y así es como nace su esencia más pura: en la libertad del ser o la libertad de ser y de existir.

Esa alma que no conoce el miedo sino el empuje para actuar en nombre de su existencia.

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